Marco Andrade

      22 de julio de 2017. Hace unos días, luego de que se dieran a conocer los resultados del examen de ingreso a la UNAM, circuló entre los principales medios de comunicación la noticia de un joven, Lesthat Manelick Martínez López, quien ingresó a la universidad con un “examen perfecto”, acertando en los 120 reactivos del examen. Sin duda, el hecho merece su debido reconocimiento, sin embargo, hay que detenerse un poco en reflexionar la estructura del examen de ingreso, y pensar no sólo en quienes lograron pasarlo, sino también habrá que tomar en cuenta a los miles y miles de aspirantes que se quedaron sin un lugar en la universidad.

      En  este sentido ¿Quién elabora el examen de ingreso a la UNAM? Ni más ni menos que el Centro Nacional de Evaluación Para la Educación Superior A. C. (CENEVAL), una instancia privada que monopoliza el negocio de los exámenes de ingreso a la educación media superior y superior, pública y privada, la cual desde hace tres lustros ha generado ganancias de miles de millones de pesos. Se trata, pues, de un mecanismo de exclusión educativa que selecciona quienes son y quienes no aptos para ingresar a la universidad, pues su estructura, simple test de opción múltiple, que tiende a la homogeneidad y estandarización, no toma en cuenta habilidades y capacidades de las y los aspirantes, son los criterios de una asociación civil privada los que terminan por imponerse. Así, el examen CENEVAL tiene un propósito claro en el modelo educativo neoliberal: controlar el ingreso y egreso en las universidades.

       Por otra parte ¿Quiénes son los que aprueban este examen de ingreso? En efecto, la avidez, tenacidad y preparación son importantes para aprobar el examen, como lo menciona el joven Martínez López y tantos otros. Existen factores externos que van más allá del “echarle ganas”  o estudiar todos los días. Y es aquí donde cobran relevancia las y los miles de aspirantes rechazados, puesto que, como explica el Dr. Hugo Aboites, los principales afectados con las políticas de ingreso y el examen CENEVAL son aquellos que el sistema capitalista considera “los menos talentosos”: mujeres, indígenas y sectores populares, mientras que los de mejor posición socioeconómica tienen mayores posibilidades de aprobar el examen y son quienes tienen mayor porcentaje de aciertos, por lo cual se considera al examen CENEVAL y a las políticas de ingreso a la universidad como una forma de discriminación que atenta contra el derecho a la educación para los que menos tienen. Volver a aplicar el examen de ingreso en caso de ser rechazado o rechazada, como sugiere el joven Martínez, significa enfrentarse de nuevo a los mismos obstáculos de injusticia y desigualdad que no toma en cuenta el contexto social que envuelve a quienes aspiran a ingresar a la universidad.

      Entonces, el hecho de que Lesthat y las y los jóvenes que consiguieron su lugar en la universidad, no los hace ni mejores ni peores que aquellas y aquellos a quienes se les fue negado su derecho a la educación. Como indica Deodoro Roca en su texto “palabras sobre los exámenes”, los exámenes terminan siendo un juego de azar en el que “intervienen factores tan extraños al conocimiento como lo son la audacia, la agilidad memorativa, la seducción verbal”. Al final del examen, lo que se aprendió, o mejor dicho, lo que se memorizó, será con el tiempo olvidado. “Las pruebas de un alumno deben durar toda su infancia, toda su adolescencia. Y unos años, no unos minutos”, diría Roca.

     Dicho lo anterior, se debe impugnar por que respete el derecho a la educación superior para todas y todos los aspirantes, dando prioridad a las hijas e hijos del obrero y del campesino que, con sus impuestos, ya han pagado la educación de las y los jóvenes. La educación es un derecho, no un privilegio, y se deben dejar de lado aquellas políticas de ingreso que provoquen los altos índices de exclusión educativa, como lo son los exámenes de ingreso.

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